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El miedo es el recurso más efectivo del ser humano, es lo que nos pone alerta cuando nuestra vida corre peligro. Los sentidos se agudizan y la adrenalina se dispara. Todo parece suceder en cámara lenta. Esto tiene todo el sentido si hablamos de ver una película de terror, pero qué pasa cuando vemos un payaso. Un personaje que lo único que quiere es sacarte una sonrisa.

Pero aún así, nos logra poner los pelos de punta. ¿Por qué?

Hay una serie de factores que pretenden explicar este fenómeno, pero el más sencillo y el que más sentido tiene es el miedo a lo desconocido y esa es la principal raíz de nuestro miedo. El hecho de que no sepamos a lo que nos enfrentamos. El hecho de cubrirse el rostro, elimina temporalmente nuestra capacidad de conocer las emociones del otro, su intención. 

Esto se  llama ambigüedad y es lo único que nos logra desarmar al enfrentarnos a estos personajes. Pasa lo mismo en Halloween o con un asaltante que tapa su rostro. No podemos saber que es lo que está sintiendo por ver sus gestos faciales, así que resulta muy difícil estar bien equipados para enfrentarlos. 

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Detrás de esa sonrisa permanente y el maquillaje. No podemos saber si está triste, enojado o desesperado. Y eso, de manera subconsciente nos da mucho miedo. Esta es la principal razón por la que los odiamos. 

No es realmente que nos aterrorice ver a un payaso, más bien nos hace sentir…raros. Lo que provoca son ñañaras. Un pequeño espacio entre lo escalofriante y lo extraño. Tiene que ver con soñar con alienígenas, fantasmas, etc. Son ese tipo de cosas que nos resultan muy difíciles de explicar. 

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Y como pasa con cualquiera de los traumas, entre más se vaya reforzando a lo largo del desarrollo y la vida de una persona, más difícil será cambiar esa percepción, por eso es que se ven casos de personas de más de 40 años que aún así no logran superar ese miedo. 

El termino científico es coulrofobia (término que viene del griego y define a “los que van sobre zancos”) y  además este miedo refleja el temor a no saber lo que los demás piensan realmente de nosotros mismos. Con su maquillaje y vestimentas excéntricos, nos arrancan de la normalidad, con lo que damos rienda suelta a la risa, a la espontaneidad. Nos fuerzan a salir de la rigidez de nuestra rutina y esto no siempre tiene por qué hacernos gracia, incluso puede llegar a incomodarnos.

La realidad es que poco a poco se pueden tratar este tipo de traumas con terapia y sesiones que regresan al paciente a su infancia, donde se ataca al miedo como si fuera un virus. 

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